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Nat King Cole: un rey en Cuba

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En marzo de 1956, en el vuelo semanal del Super G Constallation arrendado por el cabaret Tropicana, llegó a Cuba Nat King Cole. Lejos estaban los días de su infancia en Chicago, cuando su mamá, que dirigía el coro de la iglesia bautista donde el padre de Nat era pastor, le enseñara a tocar el piano. Ya era una estrella en su país y en Cuba gozaba de gran popularidad. Aquellos ojos verdes, Capullitos de alelí y Ansiedad, cantados en español genuinamente americano, estaban entre los números más escuchados en las victrolas de bares y cafés. Eran momentos en que el negocio de las casas de juego auguraba un futuro prometedor en la Isla. Los magnates de Las Vegas y algunas familias de la mafia italo-americana, habían decido invertir en grandes hoteles y otros sectores afines, y para ello movían su influencia con los políticos de la Isla.

La atractiva capital de la mayor de las Antillas, se esforzaba por reproducir miméticamente, a expensas del resto del país, el “american way of life”. Cuatro flamantes casinos competían en La Habana por hacerse con los dólares de los turistas, mayoritariamente norteamericanos. Muchos venían a pasar solo el fin de semana. Otros llegaban, jugaban por la noche, y se iban a la mañana siguiente.

Y, al estilo de Las Vegas, el gancho para atraer más parroquianos estaba en los suntuosos shows y espectáculos de sus correspondientes cabarets. No es, pues, de extrañar que por los mismos días en que Nat King Cole actuaba en la pista de Tropicana,  Lena Horne lo hiciera en el Montmartre y Tony Martin se presentara en el Sans Souci, como también lo hicieron otras figuras de la talla de Edif Piaf y Maurice Chevalier.

En esa primera visita a La Habana, Nat King Cole pretendió hospedarse en el exclusivo Hotel Nacional, pero la gerencia se disculpó por no tener habitaciones disponibles. Eran los tiempos en que en ese hotel no permitía “personas de color”, ni siquiera como trabajadores: El único empleado negro era el limpiador de botas que trabajaba en el vestíbulo disfrazado de eunuco.

Como se espera las actuaciones de Nat King Cole en Tropicana fueron todo un éxito. Su cálida y melodiosa voz, sobriedad de gestos y elegancia cautivaron, sobre todo, al público femenino. Cuenta un testigo presencial que, desde una de las mesas situadas junto a la pista, la esposa de un alto oficial suspiró y exclamó: “Si me lo pintan de blanco, doy un millón de pesos por acostarme con él.” Nat King Cole siguió cantando siguió cantando y ella bebiendo, y al poco rato, más excitada, gritó: “No me lo pinten de nada. Tráiganmelo ahora mismo.” Y el alto oficial tuvo que sacarla a rastras del “paraíso bajo las estrellas”.

Fue tal la acogida, que el avispado y próspero empresario lo contrató para la temporada siguiente. Comenzaba el segundo mes del año 57 y Tropicana anunciaba un show verdaderamente romántico para la noche del 14 de febrero, Día de los enamorados. Nat King Cole volvería con su exquisita sensibilidad, su encantadora desenvoltura, su magia despojada de toda estridencia. Solo una condición agregó esta vez el artista: el empresario debía garantizar que él y su familia pudiera hospedarse en el Hotel Nacional. Y, desde luego, en esta ocasión sí hubo habitaciones disponibles.

 

Tomado de la revista Sol y Son No 5 de 2003. Autor: Nesy Núñez

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