Archivos de la categoría Escapa’os

Cubanos famosos

Aquellos sí eran camellos

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El camello nació debido a la escasez de combustibles a principios de los años ’90. Estas abultadas bestias de 18 ruedas, mutantes de hierro construidos con dos autobuses de la era soviética soldados entre sí sobre una plataforma y jalados por otro vehículo, han sido desde hace mucho tiempo la única alternativa del transporte público habanero: calurosos y atestados. Que levante la mano el cubano de a pie que no se montó en un animalón de estos. Ahí dentro de la bestia podías encontrar de todo un poco.

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Ah, que no vas coger presión…

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La cocina cubana cuántas memorias ha dejado a su paso. Mirando en retrospectiva uno puede hasta reír de esos momentos pero quien no dijo: “Ahh, que no vas a coger presioooooón condenaaaaá”. Pues coge calzo, yo he visto hasta tacos de maderas ahí sirviendo de apoyo…

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Guillermo Pérez Dressler: cubano colaborador de Gustave Eiffel

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Arquitecto cubano, colaborador de Gustave Eiffel
Arquitecto cubano, colaborador de Gustave Eiffel

Buscando información que tuviese relación con nosotros, los cubanos, encontramos en una revista un artículo que nos pareció digno de compartir con los lectores de Ajiaco. Investigando la veracidad del hecho, descubrimos que debido a la poca difusión de la información hay alrededor de este cierto misticismo. Aun así continúa siendo un dato muy interesante.

Resulta que el arquitecto de origen cubano Guillermo Pérez Dressler contribuyó a la construcción de la Torre Eiffel.

La Torre Eiffel símbolo de París fue inaugurada en 1889, para la Exposición Universal organizada por la Ciudad de las Luces. Su ejecutor principal fue Gustave Eiffel. Un dato muy poco conocido, pero que nos llena de orgullo es que un cubano haya formado parte de una de las obras arquitectónicas más emblemáticas del mundo.

En 1860, Guillermo Pérez Dressler nació en la villa de Guanabacoa. Desde niño tenía talento para el dibujo, pero no pudo desarrollarlo, pues su padre murió cuando él tenía solo 15 años de edad. Guillermo tuvo que renunciar a los estudios para ayudar a su familia. Uno de sus profesores, conocedor de su capacidad y a través de una familia burguesa del Vedado, le tramitó una beca para que estudiara Arquitectura en la prestigiosa universidad de La Sorbona, en París. A los 21 años se graduó allí con honores.
Gustave Eiffel necesitaba un asistente para la edificación de su torre y el profesor Gravier de Vergennes le presentó a su exalumno de la Sorbona. El cubano se convirtió en la mano derecha del prestigioso arquitecto, al punto de que este le permitió corregir varios diseños y lo nombró administrador de la obra.

Según se dice, Eiffel tenía miedo a las alturas -algo que intentaba ocultar-, por lo cual solo se atrevía a ascender hasta el primer piso. Todo lo que se edificó por encima de ese nivel estuvo a cargo de la orientación y supervisión de Dressler. El día de la inauguración de la torre, para disimular su vértigo, Eiffel comenzó a charlar en la base con varios dignatarios presentes. Fue Dressler quien dirigió a la prensa mundial hasta la cima del monumento y le sirvió de anfitrión.

Guillaume Dressler, nombre que asumió a su llega a Francia fue convocado en ese mismo año a trabajar en Inglaterra. El 4 de agosto zarpa un barco donde iba el arquitecto cubano. El navío naufraga, víctima de una tormenta y muy pocas personas sobreviven. La vida de Dressler queda interrumpida este día y su recuerdo se va perdiendo con el transcurso del tiempo.

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La jungla de Wifredo Lam, vendida solo por 300 pesos

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La jungla, unos de las obras más conocidas del célebre pintor cubano Wifredo Lam fue vendida solo por 300 pesos en Estados Unidos. Necesitaba ese dinero para comer y cumplir unos contratos que tenía con una galería estadounidense. James Johnson Sweeney  adquirió la pintura para exponerla en el Museo de Arte Moderno de New York. En ese momento fue todo un escándalo y el director del museo casi pierde su cargo debido a este hecho. En aquel entonces calificaban la obra como “tosca”, “primitiva” y “rústica”.  En 1943, era absurdo  pensar que la obra de un americano que no fuera blanco entrara en la colección. Actualmente, este cuadro está valorado en mucho más de un millón de dólares.

Wifredo Oscar de la Concepción Lam  y Castilla nació el 8 de diciembre de 1902 en Sagua la Grande, Villa Clara. Su madre Ana Serafina Castilla era una mulata criolla y su padre Lam Yam era un comerciante y escribano chino. Por el cuerpo del niño Lam corría una mezcla de sangre africana, española y aborigen. Sincretismo que mostró a lo largo de su obra.

Estudió por un tiempo en la Academia de pintura  San Alejandro, en La Habana y en 1923 consiguió una beca para estudiar pintura en España. En el museo del Prado pudo ver la obra de grades clásicos de la pintura occidental como Velázquez  y Goya.

En 1938, se traslada a Francia, allí conoce a Pablo Picasso, con quien establece una estrecha amistad. Llegaron a exponer juntos en una galería de Nuew York.

Al hablar de uno de sus cuadros más emblemáticos, La jungla, con el crítico Max-pol Fouchet explica la proyección que mantuvo al pintarlo:

“Quería de todo corazón pintar el drama de mi país, y expresar en detalle el espíritu negro y la belleza del arte de los negros. De esta manera podía actuar como un caballo de Troya del cual saldrían figuras alucinantes, capaces de sorprender y perturbar los sueños de los explotadores. Sabía que estaba corriendo el riesgo de no ser comprendido ni por el hombre de la calle ni por los demás. Pero la pintura verdadera tiene el poder de poner a trabajar la imaginación, aún si esto lleva su tiempo.”

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Nat King Cole: un rey en Cuba

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En marzo de 1956, en el vuelo semanal del Super G Constallation arrendado por el cabaret Tropicana, llegó a Cuba Nat King Cole. Lejos estaban los días de su infancia en Chicago, cuando su mamá, que dirigía el coro de la iglesia bautista donde el padre de Nat era pastor, le enseñara a tocar el piano. Ya era una estrella en su país y en Cuba gozaba de gran popularidad. Aquellos ojos verdes, Capullitos de alelí y Ansiedad, cantados en español genuinamente americano, estaban entre los números más escuchados en las victrolas de bares y cafés. Eran momentos en que el negocio de las casas de juego auguraba un futuro prometedor en la Isla. Los magnates de Las Vegas y algunas familias de la mafia italo-americana, habían decido invertir en grandes hoteles y otros sectores afines, y para ello movían su influencia con los políticos de la Isla.

La atractiva capital de la mayor de las Antillas, se esforzaba por reproducir miméticamente, a expensas del resto del país, el “american way of life”. Cuatro flamantes casinos competían en La Habana por hacerse con los dólares de los turistas, mayoritariamente norteamericanos. Muchos venían a pasar solo el fin de semana. Otros llegaban, jugaban por la noche, y se iban a la mañana siguiente.

Y, al estilo de Las Vegas, el gancho para atraer más parroquianos estaba en los suntuosos shows y espectáculos de sus correspondientes cabarets. No es, pues, de extrañar que por los mismos días en que Nat King Cole actuaba en la pista de Tropicana,  Lena Horne lo hiciera en el Montmartre y Tony Martin se presentara en el Sans Souci, como también lo hicieron otras figuras de la talla de Edif Piaf y Maurice Chevalier.

En esa primera visita a La Habana, Nat King Cole pretendió hospedarse en el exclusivo Hotel Nacional, pero la gerencia se disculpó por no tener habitaciones disponibles. Eran los tiempos en que en ese hotel no permitía “personas de color”, ni siquiera como trabajadores: El único empleado negro era el limpiador de botas que trabajaba en el vestíbulo disfrazado de eunuco.

Como se espera las actuaciones de Nat King Cole en Tropicana fueron todo un éxito. Su cálida y melodiosa voz, sobriedad de gestos y elegancia cautivaron, sobre todo, al público femenino. Cuenta un testigo presencial que, desde una de las mesas situadas junto a la pista, la esposa de un alto oficial suspiró y exclamó: “Si me lo pintan de blanco, doy un millón de pesos por acostarme con él.” Nat King Cole siguió cantando siguió cantando y ella bebiendo, y al poco rato, más excitada, gritó: “No me lo pinten de nada. Tráiganmelo ahora mismo.” Y el alto oficial tuvo que sacarla a rastras del “paraíso bajo las estrellas”.

Fue tal la acogida, que el avispado y próspero empresario lo contrató para la temporada siguiente. Comenzaba el segundo mes del año 57 y Tropicana anunciaba un show verdaderamente romántico para la noche del 14 de febrero, Día de los enamorados. Nat King Cole volvería con su exquisita sensibilidad, su encantadora desenvoltura, su magia despojada de toda estridencia. Solo una condición agregó esta vez el artista: el empresario debía garantizar que él y su familia pudiera hospedarse en el Hotel Nacional. Y, desde luego, en esta ocasión sí hubo habitaciones disponibles.

 

Tomado de la revista Sol y Son No 5 de 2003. Autor: Nesy Núñez

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